Monday, May 28, 2018

Sobre los Urales a Petrograd


Siempre hacía frío en casa, el fuego apenas calentaba unos metros. El caldo con papá ni me había llenado el estómago, pero me calentó, entonces me lo comí completo. Teníamos suerte de al menos tener algo que comer esta noche. La guerra nos había dejado con aún peores condiciones que antes, y papá y mi hermano se habían ido a pelear. Mi hermano no volvió. Le dispararon en el pecho los alemanes. Nunca nos dieron el cuerpo, está enterrado en Alemania, espero, pero tal vez los cuervos se lo comieron a mi hermano. Lo extraño. Él sabría qué hacer en estos tiempos tan fríos. A mi papá lo mandaron de vuelta. Perdió sus piernas a morteros, y le costaba respirar por el gas. Mi mamá lo tenía que cuidar, y él ya no podía trabajar en el campo como antes. No me mandaron a mí, aunque les supliqué que me mandaran, ya que estaba joven cuando pasaron a recoger soldados. Me quedé trabajando en las cosechas mientras mis amigos morían. Ahora ya tenía edad para pelear, pero habían protestas y revueltas en las ciudades, entonces no mandaban a nadie a llevarme a pelear. Parecía que se les había olvidado la guerra.
El Tsar se escondía del pueblo. Este Tsar, Nicolas II, débil e inútil, nos metió en esta guerra que no nos incumbía. Él mando a mi hermano a las trincheras, él le quitó las piernas a mi papá. Yo me quería ir a pelear, pero no por el Tsar, más bien en contra. Ya lo tenía planeado con unos de mis amigos, los que no mandaron a pelear. Éramos jóvenes, llenos de espíritu; nos podrías llamar idiotas. Mamá suplicaba que no nos fuéramos, pero mi papá entendía. Me dio su rifle, botas y uniforme. Tendría que modificar la chaqueta, no quería parecer un soldado tsarista.
Me aseguré de que mi papá y mamá fueran cuidados. Les di un beso, y salí por la puerta. Antes de cerrarla, escuché a mi papá decirme, con una voz que apenas salía de su garganta destrozada:
-Suerte, vuelve. Dios, qué estoy haciendo, pensé, ¿cómo los puedo dejar?
El tren en el que nos escabullimos nos llevó hasta las afueras de Petrograd. Las raciones, con nuestro apetito de tres jóvenes emocionados, nos llevamos no nos duraron tanto como esperábamos. Cuando llegamos, decidimos esperar hasta que bajara el sol para salir y encontrarnos con los rebeldes. ¿Qué les diríamos? “Buenas, ¿están aceptando a cuatro plebeyos desnutridos del otro lado de los Urales? No tenemos nada más que dar, además de nuestras vidas.”
Recorrimos las calles de Petrograd como gatos de la noche hasta que encontramos el bar
“El Callejón”. Era un hueco en la esquina de un callejón oscuro. El pavimento brillaba con el reflejo de las estrellas y la luna en el agua, ya que no había cañerías. Entramos al bar, buscando un lugar donde alojarnos antes de que empezara a llover. Abrimos la puerta y los tres entramos.
Alexander, el mayor de nosotros fue directo hacia el dueño, se sentó para tomar y ordenó 3 cervezas. Sasha se le unió, y me llamaron a que me sentara. Llamaban “Félix, ven, un poco de cerveza para amortiguar la ansiedad.” Nos dieron tres vasos grandes y un pítcher para servirnos.
Después de un vaso me puse a hablar con el dueño del bar.
-Señor, ¿tiene cuartos que nos podría dar para la noche?
-¡Hmmm!, tengo espacio arriba, pero solo es un cuarto, entonces lo tendrán que compartir los tres.
-Eso está bien, gracias, hemos estado durmiendo juntos por un buen rato.
-¡Ah!, y ¿por qué?
-Venimos de sobre los Urales, nos escondimos en un tren hasta aquí.
-¡Ah! ¿En serio? ¿Y por qué vendría todo el camino hasta aquí? ¿A unirse a la revolución?
-Sí, ¿cómo sabía?
-Muchos jóvenes han estado llegando, buscando aventura. Te debería decir, no van a encontrar eso en la guerra, menos una tratando contra el Tsar. Muchos de los rebeldes salen muertos, o peor, capturados por el Tsar, a manos de su policía secreta. Si te atrapan, mejor toma tu propia vida.
-¿Por qué dice eso?
-Porque si estás vivo, vas a querer estar muerto cuando terminen con vos.
Ahí terminó nuestra conversación y los muchachos y yo nos fuimos a dormir arriba.
Subiendo las escaleras, me puse a pensar si esto fue tan buena idea después de todo. Ninguno de nosotros vinimos a ser torturados, solo queríamos que el gobierno nos tratara mejor, no era mucho pedir. Pero este gobierno Tsarista sí pensaba que era mucho pedir.
El cuarto era aún más oscuro que el bar, solo tenía una candela para iluminarlo. Pusimos nuestros rifles en la esquina opuesta a la cama. Era una cama enorme, nunca había visto algo así.
Cabíamos los tres confortablemente en ella. Nos acobijamos y Alexander, que era el más cercano a la candela, la apagó con los dedos. Quedamos dormidos en minutos.
En la mañana salimos a buscar a los rebeldes. Se llamaban los Bolsheviks.  Tenían grandes planes para el gobierno. ¡Decían que les van a dar las tierras al pueblo, y que habría más comida y menos guerra! Sonaba como un buen plan.
Caminando, vimos una conmoción en la plaza central. Había mucha gente agrupada viendo un podio en el centro de la plaza. Fuimos a ver qué era. Habíamos dejado los rifles en el cuarto para no llamar la atención. Resulta que la conmoción eran cientos de personas viendo una tarima de ejecución. Tenían a cinco personas ahí, tres hombres y dos mujeres. Les iban a quitar la vida por tomar parte en la conspiración contra el Tsar. Una mujer lloraba, el resto solo veían hacia suelo, por vencidos. Una docena de soldados se alinearon detrás de los pronto difuntos. Un soldado de rango más alto leía los crímenes. Al terminar dio las órdenes de levantar los fusiles.
Tenían los mismos rifles que nosotros. Los apuntaron a los pechos de los cinco rebeldes. Al grito de disparar, sonó el relámpago de los rifles, y los cuerpos cayeron. Las multitudes se dispersaron.
No salimos del bar el siguiente día. Nos emborrachamos toda la noche, con los patrones del bar. Esto no fue una buena idea. ¡Nos van a matar! ¡En una tarima como de espectáculo! Esto era un show de locos, y somos el espectáculo principal.
Después de despertar de nuestra noche de borrachera, limpiarnos y vestirnos, salimos a encontrarnos con unos de los rebeldes que conocimos en la noche de borrachera anterior. Dijo que un grupo de ellos estaban planeando traer la revolución directamente a Petrogrado, y que para eso tendríamos que tomar control de la estación de trenes de la ciudad para que tropas en otras ciudades pudieran llegar con rapidez. La estación no tendría mucha defensa inicial, pero la tendríamos que proteger contra tropas tsaristas por unos días mientras llegaban más trenes de los Bolsheviks.
Eran como quinientos militantes, reunidos de diferentes secciones de la ciudad y el imperio. Estas tropas, no eran mucho más que personas comunes con armas de guerra. O parecía que pudieran pelear contra el Imperio. Parecían niños que van al campo de aventura y a causar problemas. Esto tuvo que haber sido mi primera pista sobre qué pasaría en la batalla. Pero no me di cuenta, ya que yo era igual que ellos. Pensé que el rifle en mis manos sería suficiente para llevarme a la victoria, y que mis ideas eran las correctas. Era como un estudiante con lápiz, papel e ideas grandes, pero que no sabía cómo escribir.
Estas tropas comunistas se agruparon fuera de la ciudad, entonces nos reunimos con ellos ahí al atardecer. Mientras el sol pegaba contra el pasto mojado del campo, empezamos a marchar hacia la estación de ferrocarril. Mi corazón palpitaba rápidamente, y Sasha empezó a vomitar de los nervios. Llegamos a una pequeña colina al este del ferrocarril y nos alistamos para pelear. Era ahora o nunca.
Las primeras olas de soldados salieron disparados sobre la colina. Nosotros estábamos en la segunda ola, y corrimos a unos metros detrás de la primera. El sol estaba en nuestros ojos. De la nada, escuché el sonido de un rifle sonar, pero era muy rápido. Era una ametralladora. La primera ola empezó a caer, docenas a la vez. Vi un hombre ser cortado a la mitad con balas, parecía pasar en cámara lenta. Paré de correr. No estaba preparado. ¿Por qué pensé que estaría preparado para esto? Sasha y Alexander también pararon. Sasha me volvió a ver, y callo al frente mío. Una bala le dio en la cabeza, murió al instante. Alexander cayó a sus rodillas, llorando, lágrimas corrían por su cara, limpiando la tierra de sus mejillas. Le grité que me siguiera, que teníamos que huir. Parecía no escucharme, entonces lo agarré de la mano y lo jalé hacia la dirección opuesta de la balacera.
Subimos la colina, y vimos al otro lado, el ejército tsarista. Estábamos rodeados. Habían miles, marchando en sus uniformes y con sus rifles, iguales al mío, pero sí sabían cómo usarlos.
Tiré mi rifle al piso y levanté mis brazos sobre mi cabeza. Unos soldados nos agarraron y nos jalaron al frente de su comandante. Era el Tsar, en su ropa de militar impecable, con botones de oro. Nos vio, pero solo por unos segundos. “Fusílenlos”, le dijo a sus soldados. No arrastraron contra una casa de madera. Nos arrodillamos. Levantaron sus armas. Se dio la orden de disparar, pero yo solo escuché la voz de mi padre, destrozada por el gas lacrimógeno, diciéndome que vuelva. Y luego, silencio.
Nos enterraron con otros cientos de muchachos que pensaron que luchaban por una buena causa. Nos cubrieron con tierra y plantaron una cruz encima. Ahora, mis huesos siguen ahí, entre una multitud de huesos de jóvenes en la oscuridad.
Nicolás Cardona
10 pre BI